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Por Beto Rodriguez (Desde Bisha, Arabia Saudita)

Un 14 de enero, el desierto convirtió a Thierry Sabine en una figura eterna del motorsport. Ese día de 1986, en medio de la disputa del Rally Dakar, el creador de la prueba perdió la vida en un accidente de helicóptero en el desierto de Mali. Tenía apenas 36 años. Sin embargo, lejos de marcar un final, aquella jornada selló su ingreso definitivo a la historia: Sabine se hizo inmortal porque su obra ya era más grande que su propia vida.

Para entender qué representa hoy el Dakar y por qué sigue siendo la carrera más extrema y simbólica del rally raid, es necesario volver sobre la figura de su creador. Thierry Sabine nació el 13 de junio de 1949 en Francia. No fue un piloto profesional en el sentido clásico, sino un aventurero con una visión distinta del deporte. Practicó motociclismo y automovilismo a nivel amateur, siempre atraído por los desafíos de resistencia, la exploración y los escenarios poco convencionales.

El episodio que cambió su destino ocurrió en 1977, durante el rally Abidjan–Niza. En aquella competencia, Sabine se perdió durante varios días en el desierto del Sáhara. Aislado, sin referencias y enfrentando condiciones extremas, vivió una experiencia límite que marcaría su manera de entender el deporte motor. Para muchos, aquello habría sido una advertencia; para Sabine, fue una revelación. Comprendió que el desierto no era solo un obstáculo, sino un escenario único para una aventura deportiva total.

Sabine repostando en carrera la moto de un piloto. Siempre estuvo metido en todo lo que tenga que ver con la organización y especialmente en la seguridad.

De esa vivencia nació una idea revolucionaria: crear una carrera que uniera Europa y África, abierta a motos, autos y camiones, donde la navegación, la resistencia y el espíritu de aventura fueran tan importantes como la velocidad. Así nació el Rally París–Dakar, cuya primera edición se disputó entre diciembre de 1978 y enero de 1979. Desde el inicio, la prueba rompió con los moldes tradicionales del automovilismo. No era solo una carrera: era una travesía.

El Dakar original exigía orientación con roadbook, fiabilidad mecánica, fortaleza física y mental, y una relación directa con el entorno. Dunas interminables, calor extremo, etapas maratón y bivacs improvisados definían una competencia donde el error se pagaba caro. Sabine entendía que ese espíritu debía ser el corazón del evento, y por eso acuñó una frase que quedó para siempre asociada a su creación: “Un desafío para quienes van, un sueño para quienes se quedan”.

Thyerri Sabine trabajando en medio del desierto

Durante las primeras ediciones, Thierry Sabine no fue un simple organizador. Era el alma del Dakar. Seguía la carrera desde su helicóptero, supervisaba recorridos, coordinaba rescates y mantenía un contacto permanente con los competidores. Su presencia transmitía autoridad, pero también cercanía. Bajo su conducción, el Dakar creció rápidamente y atrajo a fabricantes, equipos oficiales y pilotos de renombre, consolidándose como una de las pruebas más duras del calendario internacional.

El 14 de enero de 1986, mientras el Dakar atravesaba África, una tormenta de arena provocó el accidente del helicóptero en el que viajaba Sabine. Junto a él fallecieron el cantante Daniel Balavoine, el piloto François-Xavier Bagnoud, la periodista Nathalie Odent y el técnicoJean-Paul Lefur. La noticia conmocionó al mundo del deporte y dejó al Dakar sin su creador en pleno desarrollo de la carrera.

Imágenes del accidente de Sabine el 14 de enero de 1986.

A pesar del golpe, el Dakar continuó. Con el paso de los años cambió de rutas, de continentes y de reglamentos, pero nunca abandonó la esencia que Sabine le imprimió. África, Sudamérica y Medio Oriente fueron escenarios distintos para una misma idea: desafiar al hombre y al a máquina frente a la naturaleza.

Un legado que trasciende el tiempo

En el ´79, aun un adolescente entrando a la juventud, la pasión por la música y el fútbol me tenían cegado de otra actividad. Fue por esos días que escuché que se había corrido una prueba de locos en el desierto africano. Que los coches eran increíbles, que había motos de gran cilindrada y camiones que también se prestaban a la competencia que se asemejaba en mi cabeza a una serie de dibujos animados de la época: “Los autos locos”.

"Los autos locos". Siempre me imaginé el Dakar con estos autos.

Fue quizá por eso que un día me enganché y consumí revistas, periódicos y muchos elementos relacionados a esta carrera,que un día lo puse entre mis objetivos de vida profesional.

Hoy, tras once ediciones visitadas, con enorme sacrificio de toda índole y una ilusión que se incentivó con los años, me dispongo a recordar a Sabine con un pequeño testimonio de agradecimiento.

Bendigo el momento de mi primer Dakar y agradezco la salud que me dio el creador para llegar hasta este lugar en los primeros destellos de la luz que marcará el final de mi carrera, pero como el fierro en el cuero de la vaca, el evento ya hizo su trabajo y marcó a fuego mi modesto andar por los apasionantes caminos del deporte.

Por ello para mi, recordar a Thierry Sabine, además de rendirle un homenaje a un nombre propio, me hace comprender el origen de una forma distinta de entender el deporte motor. Su legado nos enseña que las grandes competencias nacen de la audacia, del error convertido en aprendizaje y del sueño llevado a la acción.

Un 14 de enero, Thierry Sabine se hizo inmortal. Y mientras exista el Dakar, su espíritu seguirá marcando el rumbo del desierto.

Publicado el
14/1/2026
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