E

Por Beto Rodríguez (Enviado Especial a Arabia Saudita)

l despertador comenzó a sonar insistente y, por un instante, pensé que debía ir a la oficina. Pero cuando recobré el sentido de las cosas, me ubiqué adentro de mi carpa, sumergido en las fauces de la bolsa de dormir. Un silencio envolvente contenía a todo el campamento y me puso en contexto: era el último día. El mundo estaba a punto de activarse en esa pequeña ciudad nómada creada por Thierry Sabine hace ya casi cincuenta años.

Luciano Benavides piloto de KTM nuevo ganador del Dakar en Motos.

Todo se movió más temprano de lo habitual. Antes del amanecer, el fuego del fogón seguía encendido: sin ganas, pero presente; como si también supiera que aún quedaba algo por decir. El viento norte cruzaba el campamento y anunciaba una tranquilidad engañosa, de esas que en el Dakar suelen preceder a los momentos decisivos.

La definición parecía un trámite: solo 108 kilómetros cronometrados para cerrar un rally de más de 8.000 kilómetros y 14 días. Pero el Dakar nunca se define por la distancia, sino por el instante.

Hoy habría un vencedor y un vencido. Y todo indicaba que Ricky Brabec, líder del rally y ganador de la etapa anterior, no estaba en condiciones de ceder la oportunidad de consagrarse. Llegaba con 3 minutos y 23 segundos de ventaja y, además, debía abrir la ruta: una condición que, lejos de ser castigo, podía extender aún más su diferencia gracias a las bonificaciones por cada kilómetro abriendo pista. Detrás, Luciano Benavides necesitaba un Dakar perfecto y un error ajeno.

Ricky Brabec piloto de Honda, dos veces ganador del Dakar.

Hasta que el desierto decidió intervenir.

En un sector del recorrido, con el Mar Rojo como escenario real y simbólico, el terreno se abrió en dos. Una bifurcación mínima. Brabec eligió la derecha y avanzó hacia una península sin salida, sin reconexión con tierra firme. Allí apareció la imagen antigua: como en el relato del Éxodo, cuando Moisés alza el brazo y el mar vuelve a cerrarse, el camino que parecía abierto se clausuró de golpe.

Brabec tuvo que volver sobre sus pasos. Perdió segundos. Apenas segundos. Pero suficientes para cambiarlo todo. Benavides pasó, leyó el terreno, cruzó cuando el “mar” ya no ofrecía segundas oportunidades.

El Rally Dakar se decidió por dos segundos. Dos, después de todo un desierto. Porque en el Dakar —como en las grandes historias— no siempre gana el más rápido, sino el que elige bien antes de que el mar vuelva a cerrarse.

Publicado el
17/1/2026
 en 
Automovilismo

Mas sobre 

Automovilismo

VER TODO

Sumate a nuestro Newsletter y obtené nuestras nuevas
publicaciones en tu correo

No te enviaremos spam nunca. Leé nuestra Política de Privacidad
Thank you! Your submission has been received!
Oops! Something went wrong while submitting the form.